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martes, 28 de febrero de 2012

Te lo prometo



Te prometo que a partir de ahora seré buena.
Te lo juro.

Nunca más me portaré mal. No te fastidiaré modiéndote el cuello, ni te besaré el ombligo, que sé que lo odias.

Jamás volverás a escuchar un 'no' de mi boca. Tus órdenes serán acatadas con fidelidad, por extravagantes que sean.

Sí, vale, cuando me ates, intentaré no volver a golpearte los testículos mientras mis piernas aún pueden moverse.

Y cuando me azotes, prometo no utilizar la palabra de seguridad tan rápido. Solo cuando yo crea que ya he aguantado bastante y me haya dado tiempo a coger las tijeras.

No volveré a hacer como que se me va la mano, quemándote con la vela, cuya cera derramabas sobre mí. La quemadura tenía una forma graciosa, como de zapato, aunque tú no lo apreciaras.

Y no te clavaré imperdibles sin avisar. Pero tú te lo pierdes, que la acupuntura tiene mucha fama.

Cuando tenga tu polla en mi boca, te aseguro que dejaré a buen recaudo mis dientes, no como aquella vez, que tuvimos que acabar en urgencias (bueno, fuiste tú solo, que yo tenía que limpiar mi casa, la dejaste hecha unos zorros). Los médicos no entendieron la broma.

Lo único que no puedo prometerte es volver a unirte de nuevo. Me costó mucho cortarte y repartir todos tus cachitos entre los distintos altares que tengo por la casa. Un Amo debe estar ahí, en un altar. Yo te he puesto en varios, porque lo mereces.

Pero por lo demás, te prometo que seré buena.
Te lo juro.


sábado, 31 de diciembre de 2011

Vitrinas


Ella escuchó el silencioso sonido de las puertas de cristal al abrirse. Entró fascinada en la tienda, dispuesta a gastar sus últimos minutos de vida en ella.

En un ambiente tenue, al contrario que las chillonas luces de los alrededores, destacaba el contenido de cada una de las vitrinas de cristal, iluminadas delicadamente de manera indirecta.

Deseó guardar mentalmente la imagen que, en ese momento, penetraba por sus pupilas. Pero sabía de sobra que se trataba de algo imposible. Al igual que el resto de sus propios Recuerdos, ya expuestos en la tienda, ese también debería adquirirle con dinero de por medio.

Según paseaba su mirada por los cristales, podía sentir el tacto, el olor, el gusto o la sensación que ese Recuerdo le provocó; un efecto típico de este tipo de tiendas, gracias al vaporizador de una sustancia inodora, que caía al traspasar el umbral.

Se detuvo en uno, un Retazo de un Recuerdo más amplio. Los Retazos, más baratos, tenían menor duración, pero permitían acceder al Recuerdo si aún se conservaba la suficiente memoria para ello. En ese Retazo en particular, aparecía su pelo hacia arriba, donde una mano fuerte lo agarraba y tiraba de él. Sintió el breve dolor y la humillación que ese momento le produjo. No estaba mal, lo añadiría a la cesta.
Helmut Newton
El siguiente que llamó la atención fue un Recuerdo. En él, sintió como la invadía el olor salino del mar y el murmullo continuo, y un poco enfadado, del oleaje. Aparecía Él, mirándola, mientras ella notaba en la palma de su mano la piel y la dureza de su brazo. Sí, eso era, ella le acariciaba. Venía a su memoria una orden que en aquel momento le parecía una locura; implicaba volver a aquel museo y servirle allí, como su zorra. El Recuerdo terminaba allí. Suficiente para desentrañar el resto de lo vivido.

Al lado, vio un Retazo pequeñito, pero muy intenso. Un paisaje verde, de cielo claro, se movía ante sus ojos. A su lado, Él, atento a las curvas de la carretera, manejando el volante. Su cuerpo vibraba al compás del motor, y ella volvía a sentir su brazo, acariciándole, intentando hacerle más llevadero el camino disfrutando a la vez de Él. También lo seleccionó.

Volvió a los Recuerdos. Dio un respingo. Volvió a sentir ese pinchazo en el culo. No veía nada. Revivió la absoluta confianza, a pesar del miedo que la invadía, que le impedía parar el juego. Había un olor, pero no conseguía identificarlo. Sublime, no podía faltar.

Jed Roach: Wax
Casi al final de la hilera, uno parecía palpitar. El calor la invadió, sintió su cuerpo aprisionado con otro tipo de calor distinto. Dos calores en uno. Dos Recuerdos en uno, inseparables, mezclados. Él estaba dentro de ella, pero también al lado, fundiéndose, en una fiesta de olores, sensaciones, texturas. No hubo duda, este Recuerdo constituiría el más valioso de la colección.

Su tiempo se terminaba, pero no lo supo hasta que, con un susto, descubrió que el reloj de arena proyectaba las 23:59 en su mente. Casi tropezando, esquivó a las pocas almas que aún pululaban por la tienda, y se colocó la primera en la caja.

Una anciana que aún transmitía lo que fue de joven, la miró fijamente.

- ¿Estás segura de que son estos los Recuerdos que deseas llevarte?

Ella asintió más con los ojos que con la cabeza.

- Está bien, eres mayorcita. Y tu tiempo se acaba. Son 50 segundos.

Justo lo que le quedaba. La anciana, con una celeridad inusitada a su edad, le entregó su compra bien empaquetada.

Ella lo arrimó a su pecho, como si fuera a perderlo, y salió de la tienda. Su último segundo fue para el nombre de la tienda:

2011.


miércoles, 16 de marzo de 2011

La ITV


El Señor JK entregó la documentación que le solicitó una amable señorita en la ventanilla, pagó las tasas y, con un ligero golpe de fusta, su vehículo avanzó.

Había escogido una hora poco habitual para la revisión, y no tuvo que esperar demasiado. Al poco rato, dos operarios le instaron a situar su vehículo unos metros más adelante, dentro del garaje. Allí, retiraron los aparejos y separaron el vehículo de su tracción motora.

- ¿Desea hombres o mujeres para la revisión de la tracción, Señor? - inquirió uno de los operarios.

- Mujeres, por favor - respondió JK mientras observaba cómo sudaban sus yeguas por el esfuerzo realizado hasta entonces. No le hacía ninguna gracia este trámite que se veía obligado a pasar cada cierto tiempo. Pero, como ciudadano responsable, no le quedaba más remedio que cumplir con ello.
Foto: .ponygirl by TheRitesofUndeath
Obervó como su pequeño carro desaparecía por un lado, y sus esclavas por otro. Así que, con un suspiro pasó a la sala de espera donde, al mismo tiempo, recibiría el visto bueno... o no.

julia y lina estaban nerviosas. Su Dueño no estaba presente, las había dejado solas. Sabían que se trataba de una revisión, incluso habían pasado por ella alguna vez, pero siempre era diferente, y ya casi ni recordaban la vez anterior. Al menos, pensaron, podrían estar la una junto a la otra.
Foto: ponygirl... by jimuk69
Sin mucho tiempo más para pensar, las esclavas pasaron a una habitación grande, pero más acogedora que el garaje. Allí las ordenaron desnudarse. Tampoco vestían mucho esta vez, era verano, y el traje de látex las hubiera dejado exhaustas a los pocos metros del trote. Así que simplemente retiraron su penacho, sus botas, y la escasa tela que cubría el resto de su cuerpo. Se quedaron con el collar ceñido a su cuello, como única identificación.

Las dos mujeres se dieron la mano. Mientras, una operaria medía a cada una, mientras otra tomaba notas. Les midió el contorno del pecho, de la cintura, y de la cadera. Después, el contorno del brazo y del muslo. Las cifras iban resonando monótonamente en la habitación vacía: 87, 72, 100...

Acto seguido, pasaron a una báscula donde las pesaron y midieron. De ahí pasaron a la exploración ocular, auditiva y pulmonar.

Después, cada una de las operarias se montó en un carro individual, en apariencia ligero, probablemente de aluminio. Los carros estaban situados detrás de una línea blanca en una pequeña pista ovalada. julia y lina adivinaron qué debían hacer, no sin antes comprobar, aliviadas, la ausencia de fusta en las manos de las conductoras. Bastante humillación era tener que tirar de alguien que no era su Señor.

Tiraron con fuerza, comprobando siempre que la otra iba a la misma altura, y llegando las dos a la vez a la marca blanca durante las tres vueltas que tuvieron que dar. Sus cuerpos se volvieron a perlar de sudor y sus músculos, tensos, se dibujaban perfectamente. Las operarias, como si se hubieran visto del placer de humillar a sus vehículos, no se resistieron a darles una palmadita cariñosa en el culo acompañada de un "muy bien, potrillas", que julia y lina intentaron ignorar para que no se les atragantara el orgullo.

Foto: pony girl games by Jon Tisbury
La siguiente vez, ataron sus muñecas a un palo por encima de sus cabezas, de tal manera que quedaron inmóviles por ese lado, aunque con los pies libres. Luego les vendaron los ojos. Y, ahora sí, las operarias cogieron cada una su fusta. Siendo monturas, debían comprobar la resistencia que tenían a ese tipo de azotes. 

Foto: pony girl by manneda
Cayó el primero de ellos, y lina y julia dieron un respingo de sorpresa. Los diez siguientes llegaron seguidos. Y aunque respiraban entrecortadamente, todavía lo soportaban bien. Cuando llegaron a quince, cesaron. Las operarias las agarraron por las caderas, y las echaron hacia atrás, de tal manera que su culo quedaba más expuesto.

A pesar del vendaje, lina y julia escuchaban el ruido de las cámaras de fotos. Seguramente estaban buscando fijar en píxeles sus marcas, la respuesta de su piel a ese tratamiento. Se las podían imaginar rojas, especialmente en el culo. ¿Podría su Amo recibir también esas imágenes?

Sin desatarlas aún, notaron una presión en sus pezones. Se los estaban pinzando, junto con los labios de su coño. Existían multitud de aparejos que utilizaban estos puntos de la anatomía para sujetarse. Así que también debían demostrar que estaban preparadas para ellos. La presión era regulable, y notaron como apretaban al máximo. Además, unieron los aparejos de una con los de la otra. Tiraban juntas del carro para su Señor, y juntas deberían pasar la prueba.

Les desataron las muñecas y, tirando de las cadenas que las unían, dieron paso a paso otra vuelta alrededor del circuito ovalado. Notaban los tirones involuntarios que se iban dando la una a la otra, incluso a sí mismas, al compás del breve trote que llevaban.

Cuando, de nuevo, completaron la ronda, les retiraron los aperos. Notaron una nueva oleada de dolor, según se los iban quitando, como si su cuerpo se hubiera acostumbrado ya a ellos, y ahora se quejara por su falta.

El tiempo se les estaba haciendo largo, pesado, estaban deseando terminar. Por fin, les avisaron las operarias, llegaba la última prueba.

A cuatro patas, sobre una tabla, volvieron a ponerles arneses que, esta vez, las inmovilizaban casi totalmente. Así que solo podían mirar al frente. Escucharon ruidos metálicos, ruidos de interruptores. Y notaron una embestida en su coño. Recordaron entonces la máquina por la que tuvieron que pasar hacía años. Esta prueba no era la más pesada, pero sí la menos deseada. La máquina embistió varias a veces. Simultáneamente, medía con sus sensores la respuesta de cada una de ellas: grado de humedad, de calor, de presión. Se contaba con que no tenían por qué estar excitadas. Pero era una situación bastante corriente entre los vehículos de tracción humanos, que unos montaran a otros por deseo de sus correspondientes Amos.

Tras unas quince embestidas aproximadamente, la máquina se paró. Desataron a las esclavas y las lavaron. Las operarias les preguntaron si eran alérgicas a alguna sustancia y, tras asegurarse de ello, de manera un tanto brusca, las embadurnaron de una loción calmante. Las vistieron, y las devolvieron con su Dueño.

Su Amo estaba esperando, sonriente, con el carro al lado. Las abrazó fuerte, comprobó que estaban bien. Recogió los resultados positivos, estaba pasada la ITV hasta dentro de cinco años. Podía estar aún más orgulloso de ellas. Con un brillo especial en los ojos, únió de nuevo a sus esclavas al carro, mientras pensaba en el premio y celebración que daría a sus esclavas esa noche por tan buen examen.


sábado, 12 de marzo de 2011

La sumisería

El hombre iba informal, pero bien arreglado. Entró en la sumisería y, tras el saludo correspondiente, anunció con una voz algo aguda, como de tenor:

- Bien, quería una sumisa.

La dependienta, experimentada en el negocio a pesar de su juventud, continuó con un diálogo poco espontáneo, a fuerza de repetirlo tras años de trato con distintos clientes:

- Ha venido al mejor sitio, señor. Si le parece, descríbame con más detalle cómo la desea, para poder ofrecerle el producto que más se adecúe a sus necesidades.

El hombre, nunca había poseído ninguna sumisa, pero ello no era impedimento para que tuviera bien claros sus gustos. Así que, ante la invitación de la dependienta (qué pena, lucía un hermoso collar canino), no tardó en responder:

- Verá, me gustaría una sumisa jovencita, ya sabe, que no tenga mucha experiencia. Yo nunca he comprado una y, bueno, para experimentar siempre es mejor así. Además de que, por supuesto, estará más tierna, ya me entiende.

La dependienta lo entendía perfectamente, era el deseo recurrente de la mayoría de su clientela masculina. No obstante, se veía obligada a dejar a sus criaturas en buenas manos, así que lanzó la pregunta de rigor, según el manual dictado por su buen juicio y la atención a cientos de clientes más como ese:

- Claro, señor, tenemos de distintas edades, a partir de 25 años. Sin embargo, ¿ha pensado que precisamente por eso necesita más cuidados? Una sumisa inexperta debe vivir su iniciación de manera placentera. Comprenderá que no podemos permitirnos el lujo de perder sumisas por una mala gestión de un primer Dueño desafortunado. También tenga en cuenta que seguramente su madurez sea menor que la de una sumisa mayor y eso requiera de su paciencia y comprensión.

- Ah, no había pensando en eso - respondió el señor. - Bueno, sí, claro, lo había pensado, por supuesto, pero no así. También me gustaría que le guste eso que le gusta a las sumisas, ya sabe, obedecer todo lo que yo le diga, que le guste que le den azotes, que le aten... Esas cosas...

Ante la esperada respuesta, la dependienta se tragó un imperceptible suspiro y continuó:

- Señor, entre nuestras sumisas, existen las que gustan de ese tipo de prácticas. No obstante, para sumisión meramente física tenemos una serie de mujeres preparadas para ello en la sala del fondo. En cuanto a que le obedezcan, es algo que no podemos garantizarle.

- ¿Cómo? ¡Sus sumisas valen una fortuna! ¿Me está diciendo que aunque pague al contado todo lo que piden, no me garantiza que vaya a obedecerme? - replicó el señor, bastante alterado mientras sacaba de sus bolsillos un fajo de billetes.

La dependienta se echó mano al collar. Era un gesto inconsciente que realizaba cuando necesitaba alejar las emociones negativas que podían provocarle clientes como este. Quizá, de alguna manera, mientras lo rozaba con sus dedos, recordaba las manos que se lo pusieron y que la cuidaban.

- Lo siento, señor, nuestras sumisas no son robots. Como cualquier persona, tienen sus propios pensamientos, opiniones y maneras de ser. Aunque compre una de nuestras sumisas, debe ganar su mente para poseerla. Entonces le aseguro que le será bastante placentero. No olvide que realmente no está pagando por la mujer que se lleva a casa, sino por la formación que ha recibido en nuestra prestigiosa escuela.

El señor tuvo la impresión de que si la dependienta, en vez de decírselo así, se lo hubiera mostrado con jeroglíficos, habría comprendido lo mismo. No concebía que, pagando por algo, no se pudiera obtener. Aún así, intentó comprobar si se había enterado de algo:

- Vamos a ver, me está diciendo que al final, el que tiene que domar a la sumisa soy yo, a pesar de que pague, ¿no?

- Por supuesto, señor, es el placer que buscan la mayoría de los Dominantes que acuden a nosotros. Si se las diéramos ya sometidas, no tendrían nada que hacer. Además de que cada uno debe educarla a su gusto personal y, por tanto, muy variable de uno a otro.

En ese momento, el diálogo se vio interrumpido por la entrada en la tienda de dos personas más.

- Buenos días, Señor Aic, mis respetos, buenos días, lis, ¿cómo estáis?

lis, la sumisa, respondió con un dos besos y un 'bien, guapa' mientras se situaba, sonriendo, detrás de su Señor. El señor que había entrado antes se quedó callado contemplando la escena, a un lado.

- Bien, gracias, preciosa nube, espero que como tú y tu Señora - respondió Aic.
- Me alegro, Señor Aic. Sí, estamos bien, gracias. ¿A qué debemos su agradable presencia?
- Verá, esta noche necesito que lis vaya preciosa. Sé que los demás van a quedar deslumbrados simplemente con su entrega y su saber estar, pero me gustaría verla especialmente guapa para mí, ¿qué tienes por ahí?

La dependienta sacó distintos modelos de vestuario ante el asombro del señor que había entrado antes. Le ofreció el probador a lis que, ante la negativa de su Amo, no tuvo más remedio que mirar con resignación, mientras intentaba probarse sin temblar demasiado y ahogando una segunda negativa, aquellos modelos delante de aquel señor desconocido.

Después de un rato, la dependienta envolvió el modelo escogido y despidió a sus dos clientes.

- Disculpe que le haya dejado un momento por atenderlos a ellos. Necesito dedicar más tiempo a lo que busca, y lo que ellos querían era rápido.

- Por lo que he visto, ese señor tiene poder total sobre esa sumisa. ¿Me está diciendo que no lo ha pagado? - indagó el señor.

- El Señor Aic pagó por las virtudes de su sumisa lis. Pero ha sido tarea suya obtener ese poder sobre ella para poder aprovechar esas virtudes. No obstante, si quiere, puede practicar con las sumisas que tenemos en la sala que le nombré antes.

- No, no me hace falta, gracias, me parece que ustedes se dedican a tomar el pelo a la gente. Creo que voy a buscar una tienda donde encuentre a gente más competente. Adiós - se despidió malhumorado el señor.

- Vuelva cuando quiera, que tenga buen día, señor.

Acto seguido, la dependienta echó el cierre. Era ya la hora, la jornada había sido dura y estaba cansada. Tras quitarse el uniforme, se puso la ropa que le había preparado su Dueña para ese día. Mientras lo hacía, se iban despertando en ella los instintos más bajos que tenía y que, una vez descubiertos, su Señora apreciaba tanto. E imaginando con una sonrisa lo que le depararía al llegar a casa, la dependienta pisó la calle sin apenas poder ocultar a la puta que llevaba debajo del abrigo.



--descalza--

viernes, 8 de octubre de 2010

La clepsidra


La esclava caminó hacia la clepsidra, y le gritó:

- ¡Tú, vasija tramposa, que bailas con el tiempo a tu antojo, deja que mi minuto tenga 60 segundos exactos, ni 300 ni 20, sólo 60!

La clepsidra, goteó un par de alfileres de agua por toda respuesta. Cuando llegaron al suelo, formaron una imagen que decía:

- ¿Quién te dice que mi minuto no es exacto, esclava?

La esclava, sin esperar a que terminara la pregunta, respondió airada:

- ¿Cómo va a serlo? Cada vez que voy a verle, corres más lento. Y, sin embargo, cuando ya le he visto, vas tan deprisa...  Tiene que ser una broma pesada tuya.

Por el pequeño orificio de la vasija salió, lentamente, otra gota, larga, transparente, fresca, que también fue a posarse al suelo, donde formó otra idea:

- Yo pertenezco al tiempo, y con su misma exactitud respondo. Esclava, tú perteneces a Otro, no me pidas que aplique Sus baremos ni los tuyos.

La esclava bajó los ojos, azorada. Las manecillas de su reloj ya no estaban.

__descalza__