Ella escuchó el silencioso sonido de las puertas de cristal al abrirse. Entró fascinada en la tienda, dispuesta a gastar sus últimos minutos de vida en ella.
En un ambiente tenue, al contrario que las chillonas luces de los alrededores, destacaba el contenido de cada una de las vitrinas de cristal, iluminadas delicadamente de manera indirecta.
Deseó guardar mentalmente la imagen que, en ese momento, penetraba por sus pupilas. Pero sabía de sobra que se trataba de algo imposible. Al igual que el resto de sus propios Recuerdos, ya expuestos en la tienda, ese también debería adquirirle con dinero de por medio.
Según paseaba su mirada por los cristales, podía sentir el tacto, el olor, el gusto o la sensación que ese Recuerdo le provocó; un efecto típico de este tipo de tiendas, gracias al vaporizador de una sustancia inodora, que caía al traspasar el umbral.
Se detuvo en uno, un Retazo de un Recuerdo más amplio. Los Retazos, más baratos, tenían menor duración, pero permitían acceder al Recuerdo si aún se conservaba la suficiente memoria para ello. En ese Retazo en particular, aparecía su pelo hacia arriba, donde una mano fuerte lo agarraba y tiraba de él. Sintió el breve dolor y la humillación que ese momento le produjo. No estaba mal, lo añadiría a la cesta.
El siguiente que llamó la atención fue un Recuerdo. En él, sintió como la invadía el olor salino del mar y el murmullo continuo, y un poco enfadado, del oleaje. Aparecía Él, mirándola, mientras ella notaba en la palma de su mano la piel y la dureza de su brazo. Sí, eso era, ella le acariciaba. Venía a su memoria una orden que en aquel momento le parecía una locura; implicaba volver a aquel museo y servirle allí, como su zorra. El Recuerdo terminaba allí. Suficiente para desentrañar el resto de lo vivido.
Al lado, vio un Retazo pequeñito, pero muy intenso. Un paisaje verde, de cielo claro, se movía ante sus ojos. A su lado, Él, atento a las curvas de la carretera, manejando el volante. Su cuerpo vibraba al compás del motor, y ella volvía a sentir su brazo, acariciándole, intentando hacerle más llevadero el camino disfrutando a la vez de Él. También lo seleccionó.
Volvió a los Recuerdos. Dio un respingo. Volvió a sentir ese pinchazo en el culo. No veía nada. Revivió la absoluta confianza, a pesar del miedo que la invadía, que le impedía parar el juego. Había un olor, pero no conseguía identificarlo. Sublime, no podía faltar.
Volvió a los Recuerdos. Dio un respingo. Volvió a sentir ese pinchazo en el culo. No veía nada. Revivió la absoluta confianza, a pesar del miedo que la invadía, que le impedía parar el juego. Había un olor, pero no conseguía identificarlo. Sublime, no podía faltar.
Casi al final de la hilera, uno parecía palpitar. El calor la invadió, sintió su cuerpo aprisionado con otro tipo de calor distinto. Dos calores en uno. Dos Recuerdos en uno, inseparables, mezclados. Él estaba dentro de ella, pero también al lado, fundiéndose, en una fiesta de olores, sensaciones, texturas. No hubo duda, este Recuerdo constituiría el más valioso de la colección.
Su tiempo se terminaba, pero no lo supo hasta que, con un susto, descubrió que el reloj de arena proyectaba las 23:59 en su mente. Casi tropezando, esquivó a las pocas almas que aún pululaban por la tienda, y se colocó la primera en la caja.
Una anciana que aún transmitía lo que fue de joven, la miró fijamente.
- ¿Estás segura de que son estos los Recuerdos que deseas llevarte?
Ella asintió más con los ojos que con la cabeza.
- Está bien, eres mayorcita. Y tu tiempo se acaba. Son 50 segundos.
Justo lo que le quedaba. La anciana, con una celeridad inusitada a su edad, le entregó su compra bien empaquetada.
Ella lo arrimó a su pecho, como si fuera a perderlo, y salió de la tienda. Su último segundo fue para el nombre de la tienda:
2011.
Su tiempo se terminaba, pero no lo supo hasta que, con un susto, descubrió que el reloj de arena proyectaba las 23:59 en su mente. Casi tropezando, esquivó a las pocas almas que aún pululaban por la tienda, y se colocó la primera en la caja.
Una anciana que aún transmitía lo que fue de joven, la miró fijamente.
- ¿Estás segura de que son estos los Recuerdos que deseas llevarte?
Ella asintió más con los ojos que con la cabeza.
- Está bien, eres mayorcita. Y tu tiempo se acaba. Son 50 segundos.
Justo lo que le quedaba. La anciana, con una celeridad inusitada a su edad, le entregó su compra bien empaquetada.
Ella lo arrimó a su pecho, como si fuera a perderlo, y salió de la tienda. Su último segundo fue para el nombre de la tienda:
2011.










