Otro blog que cae.
Podría escribir muchas cosas en esta entrada. Podría omitirla directamente.
Nunca he tenido muchos lectores pero creo que, a esos pocos que me han seguido, les debo esta entrada. Gracias a ellos y ellas, y a Ellos y a Ellas. Hablo genéricamente, pero estoy pensando en cada persona, con su nick particular.
Gracias también a todos aquellos que me han alimentado con sus entradas, ha sido un placer.
Voy a frenar. No lo prentedía, pero ya que se propicia, voy a aprovecharlo. Así que, si los Dominantes cuelgan el látigo, yo cuelgo mi entrega, que realmente es lo único que he tenido alguna vez.
Ha sido intenso, y precioso. Quizá nos veamos algún día de estos de nuevo. O no.
lunes, 4 de abril de 2011
miércoles, 16 de marzo de 2011
La ITV
El Señor JK entregó la documentación que le solicitó una amable señorita en la ventanilla, pagó las tasas y, con un ligero golpe de fusta, su vehículo avanzó.
Había escogido una hora poco habitual para la revisión, y no tuvo que esperar demasiado. Al poco rato, dos operarios le instaron a situar su vehículo unos metros más adelante, dentro del garaje. Allí, retiraron los aparejos y separaron el vehículo de su tracción motora.
- ¿Desea hombres o mujeres para la revisión de la tracción, Señor? - inquirió uno de los operarios.
- Mujeres, por favor - respondió JK mientras observaba cómo sudaban sus yeguas por el esfuerzo realizado hasta entonces. No le hacía ninguna gracia este trámite que se veía obligado a pasar cada cierto tiempo. Pero, como ciudadano responsable, no le quedaba más remedio que cumplir con ello.
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| Foto: .ponygirl by TheRitesofUndeath |
Obervó como su pequeño carro desaparecía por un lado, y sus esclavas por otro. Así que, con un suspiro pasó a la sala de espera donde, al mismo tiempo, recibiría el visto bueno... o no.
julia y lina estaban nerviosas. Su Dueño no estaba presente, las había dejado solas. Sabían que se trataba de una revisión, incluso habían pasado por ella alguna vez, pero siempre era diferente, y ya casi ni recordaban la vez anterior. Al menos, pensaron, podrían estar la una junto a la otra.
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| Foto: ponygirl... by jimuk69 |
Sin mucho tiempo más para pensar, las esclavas pasaron a una habitación grande, pero más acogedora que el garaje. Allí las ordenaron desnudarse. Tampoco vestían mucho esta vez, era verano, y el traje de látex las hubiera dejado exhaustas a los pocos metros del trote. Así que simplemente retiraron su penacho, sus botas, y la escasa tela que cubría el resto de su cuerpo. Se quedaron con el collar ceñido a su cuello, como única identificación.
Las dos mujeres se dieron la mano. Mientras, una operaria medía a cada una, mientras otra tomaba notas. Les midió el contorno del pecho, de la cintura, y de la cadera. Después, el contorno del brazo y del muslo. Las cifras iban resonando monótonamente en la habitación vacía: 87, 72, 100...
Acto seguido, pasaron a una báscula donde las pesaron y midieron. De ahí pasaron a la exploración ocular, auditiva y pulmonar.
Después, cada una de las operarias se montó en un carro individual, en apariencia ligero, probablemente de aluminio. Los carros estaban situados detrás de una línea blanca en una pequeña pista ovalada. julia y lina adivinaron qué debían hacer, no sin antes comprobar, aliviadas, la ausencia de fusta en las manos de las conductoras. Bastante humillación era tener que tirar de alguien que no era su Señor.
Tiraron con fuerza, comprobando siempre que la otra iba a la misma altura, y llegando las dos a la vez a la marca blanca durante las tres vueltas que tuvieron que dar. Sus cuerpos se volvieron a perlar de sudor y sus músculos, tensos, se dibujaban perfectamente. Las operarias, como si se hubieran visto del placer de humillar a sus vehículos, no se resistieron a darles una palmadita cariñosa en el culo acompañada de un "muy bien, potrillas", que julia y lina intentaron ignorar para que no se les atragantara el orgullo.
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| Foto: pony girl games by Jon Tisbury |
La siguiente vez, ataron sus muñecas a un palo por encima de sus cabezas, de tal manera que quedaron inmóviles por ese lado, aunque con los pies libres. Luego les vendaron los ojos. Y, ahora sí, las operarias cogieron cada una su fusta. Siendo monturas, debían comprobar la resistencia que tenían a ese tipo de azotes.
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| Foto: pony girl by manneda |
Cayó el primero de ellos, y lina y julia dieron un respingo de sorpresa. Los diez siguientes llegaron seguidos. Y aunque respiraban entrecortadamente, todavía lo soportaban bien. Cuando llegaron a quince, cesaron. Las operarias las agarraron por las caderas, y las echaron hacia atrás, de tal manera que su culo quedaba más expuesto.
A pesar del vendaje, lina y julia escuchaban el ruido de las cámaras de fotos. Seguramente estaban buscando fijar en píxeles sus marcas, la respuesta de su piel a ese tratamiento. Se las podían imaginar rojas, especialmente en el culo. ¿Podría su Amo recibir también esas imágenes?
Sin desatarlas aún, notaron una presión en sus pezones. Se los estaban pinzando, junto con los labios de su coño. Existían multitud de aparejos que utilizaban estos puntos de la anatomía para sujetarse. Así que también debían demostrar que estaban preparadas para ellos. La presión era regulable, y notaron como apretaban al máximo. Además, unieron los aparejos de una con los de la otra. Tiraban juntas del carro para su Señor, y juntas deberían pasar la prueba.
Les desataron las muñecas y, tirando de las cadenas que las unían, dieron paso a paso otra vuelta alrededor del circuito ovalado. Notaban los tirones involuntarios que se iban dando la una a la otra, incluso a sí mismas, al compás del breve trote que llevaban.
Cuando, de nuevo, completaron la ronda, les retiraron los aperos. Notaron una nueva oleada de dolor, según se los iban quitando, como si su cuerpo se hubiera acostumbrado ya a ellos, y ahora se quejara por su falta.
El tiempo se les estaba haciendo largo, pesado, estaban deseando terminar. Por fin, les avisaron las operarias, llegaba la última prueba.
A cuatro patas, sobre una tabla, volvieron a ponerles arneses que, esta vez, las inmovilizaban casi totalmente. Así que solo podían mirar al frente. Escucharon ruidos metálicos, ruidos de interruptores. Y notaron una embestida en su coño. Recordaron entonces la máquina por la que tuvieron que pasar hacía años. Esta prueba no era la más pesada, pero sí la menos deseada. La máquina embistió varias a veces. Simultáneamente, medía con sus sensores la respuesta de cada una de ellas: grado de humedad, de calor, de presión. Se contaba con que no tenían por qué estar excitadas. Pero era una situación bastante corriente entre los vehículos de tracción humanos, que unos montaran a otros por deseo de sus correspondientes Amos.
Tras unas quince embestidas aproximadamente, la máquina se paró. Desataron a las esclavas y las lavaron. Las operarias les preguntaron si eran alérgicas a alguna sustancia y, tras asegurarse de ello, de manera un tanto brusca, las embadurnaron de una loción calmante. Las vistieron, y las devolvieron con su Dueño.
Su Amo estaba esperando, sonriente, con el carro al lado. Las abrazó fuerte, comprobó que estaban bien. Recogió los resultados positivos, estaba pasada la ITV hasta dentro de cinco años. Podía estar aún más orgulloso de ellas. Con un brillo especial en los ojos, únió de nuevo a sus esclavas al carro, mientras pensaba en el premio y celebración que daría a sus esclavas esa noche por tan buen examen.
Salir de la Mazmorra
Siempre he sido de las que defienden que el BDSM debería salir de la mazmorra. O del armario, si así nos entendemos mejor.
Sin embargo, a veces pienso en que parte de su encanto consiste precisamente en eso, en que es un gusto un tanto minoritario, especial, diferente. Y por un momento, imagino cómo sería esto de que el BDSM se "popularizara" y saliera de la mazmorra.
Por ejemplo, vas al parque a dar un paseo, y puedes ver a unas cuantas sumisas en falda, sin bragas debajo cuando sopla una racha de viento.
O a los sumisos con el collar puesto, por la calle, llevados de la correa por sus correspondientes Dueñas. O Dueños.
O cuando estuvieras en un restaurante, y vieras a una sumisa comer con su plato en el suelo.
O cuando comprobaras que puedes meter mano a las dos mujeres que tienes a tu lado, en el metro, bajo la atenta mirada de su Dueño, sabiendo que te estaría permitido y no pasaría nada (nada que no fuera placentero, se entiende).
O si fueras a coger el coche y, en el garage, vieras a un Amo azotando a un par de sumisos.
O Belen Esteban de Dómina con Karmele...
O Belen Esteban de Dómina con Karmele...
...No, decididamente, no es solo que no lo vea, es que le quita bastante morbo a la situación.
¿Será que soy un poco elitista?
Huellas:
BDSM,
pensamientos
sábado, 12 de marzo de 2011
La sumisería
El hombre iba informal, pero bien arreglado. Entró en la sumisería y, tras el saludo correspondiente, anunció con una voz algo aguda, como de tenor:
- Bien, quería una sumisa.
La dependienta, experimentada en el negocio a pesar de su juventud, continuó con un diálogo poco espontáneo, a fuerza de repetirlo tras años de trato con distintos clientes:
- Ha venido al mejor sitio, señor. Si le parece, descríbame con más detalle cómo la desea, para poder ofrecerle el producto que más se adecúe a sus necesidades.
El hombre, nunca había poseído ninguna sumisa, pero ello no era impedimento para que tuviera bien claros sus gustos. Así que, ante la invitación de la dependienta (qué pena, lucía un hermoso collar canino), no tardó en responder:
- Verá, me gustaría una sumisa jovencita, ya sabe, que no tenga mucha experiencia. Yo nunca he comprado una y, bueno, para experimentar siempre es mejor así. Además de que, por supuesto, estará más tierna, ya me entiende.
La dependienta lo entendía perfectamente, era el deseo recurrente de la mayoría de su clientela masculina. No obstante, se veía obligada a dejar a sus criaturas en buenas manos, así que lanzó la pregunta de rigor, según el manual dictado por su buen juicio y la atención a cientos de clientes más como ese:
- Claro, señor, tenemos de distintas edades, a partir de 25 años. Sin embargo, ¿ha pensado que precisamente por eso necesita más cuidados? Una sumisa inexperta debe vivir su iniciación de manera placentera. Comprenderá que no podemos permitirnos el lujo de perder sumisas por una mala gestión de un primer Dueño desafortunado. También tenga en cuenta que seguramente su madurez sea menor que la de una sumisa mayor y eso requiera de su paciencia y comprensión.
- Ah, no había pensando en eso - respondió el señor. - Bueno, sí, claro, lo había pensado, por supuesto, pero no así. También me gustaría que le guste eso que le gusta a las sumisas, ya sabe, obedecer todo lo que yo le diga, que le guste que le den azotes, que le aten... Esas cosas...
Ante la esperada respuesta, la dependienta se tragó un imperceptible suspiro y continuó:
- Señor, entre nuestras sumisas, existen las que gustan de ese tipo de prácticas. No obstante, para sumisión meramente física tenemos una serie de mujeres preparadas para ello en la sala del fondo. En cuanto a que le obedezcan, es algo que no podemos garantizarle.
- ¿Cómo? ¡Sus sumisas valen una fortuna! ¿Me está diciendo que aunque pague al contado todo lo que piden, no me garantiza que vaya a obedecerme? - replicó el señor, bastante alterado mientras sacaba de sus bolsillos un fajo de billetes.
La dependienta se echó mano al collar. Era un gesto inconsciente que realizaba cuando necesitaba alejar las emociones negativas que podían provocarle clientes como este. Quizá, de alguna manera, mientras lo rozaba con sus dedos, recordaba las manos que se lo pusieron y que la cuidaban.
- Lo siento, señor, nuestras sumisas no son robots. Como cualquier persona, tienen sus propios pensamientos, opiniones y maneras de ser. Aunque compre una de nuestras sumisas, debe ganar su mente para poseerla. Entonces le aseguro que le será bastante placentero. No olvide que realmente no está pagando por la mujer que se lleva a casa, sino por la formación que ha recibido en nuestra prestigiosa escuela.
El señor tuvo la impresión de que si la dependienta, en vez de decírselo así, se lo hubiera mostrado con jeroglíficos, habría comprendido lo mismo. No concebía que, pagando por algo, no se pudiera obtener. Aún así, intentó comprobar si se había enterado de algo:
- Vamos a ver, me está diciendo que al final, el que tiene que domar a la sumisa soy yo, a pesar de que pague, ¿no?
- Por supuesto, señor, es el placer que buscan la mayoría de los Dominantes que acuden a nosotros. Si se las diéramos ya sometidas, no tendrían nada que hacer. Además de que cada uno debe educarla a su gusto personal y, por tanto, muy variable de uno a otro.
En ese momento, el diálogo se vio interrumpido por la entrada en la tienda de dos personas más.
- Buenos días, Señor Aic, mis respetos, buenos días, lis, ¿cómo estáis?
lis, la sumisa, respondió con un dos besos y un 'bien, guapa' mientras se situaba, sonriendo, detrás de su Señor. El señor que había entrado antes se quedó callado contemplando la escena, a un lado.
- Bien, gracias, preciosa nube, espero que como tú y tu Señora - respondió Aic.
- Me alegro, Señor Aic. Sí, estamos bien, gracias. ¿A qué debemos su agradable presencia?
- Verá, esta noche necesito que lis vaya preciosa. Sé que los demás van a quedar deslumbrados simplemente con su entrega y su saber estar, pero me gustaría verla especialmente guapa para mí, ¿qué tienes por ahí?
La dependienta sacó distintos modelos de vestuario ante el asombro del señor que había entrado antes. Le ofreció el probador a lis que, ante la negativa de su Amo, no tuvo más remedio que mirar con resignación, mientras intentaba probarse sin temblar demasiado y ahogando una segunda negativa, aquellos modelos delante de aquel señor desconocido.
Después de un rato, la dependienta envolvió el modelo escogido y despidió a sus dos clientes.
- Disculpe que le haya dejado un momento por atenderlos a ellos. Necesito dedicar más tiempo a lo que busca, y lo que ellos querían era rápido.
- Por lo que he visto, ese señor tiene poder total sobre esa sumisa. ¿Me está diciendo que no lo ha pagado? - indagó el señor.
- El Señor Aic pagó por las virtudes de su sumisa lis. Pero ha sido tarea suya obtener ese poder sobre ella para poder aprovechar esas virtudes. No obstante, si quiere, puede practicar con las sumisas que tenemos en la sala que le nombré antes.
- No, no me hace falta, gracias, me parece que ustedes se dedican a tomar el pelo a la gente. Creo que voy a buscar una tienda donde encuentre a gente más competente. Adiós - se despidió malhumorado el señor.
- Vuelva cuando quiera, que tenga buen día, señor.
Acto seguido, la dependienta echó el cierre. Era ya la hora, la jornada había sido dura y estaba cansada. Tras quitarse el uniforme, se puso la ropa que le había preparado su Dueña para ese día. Mientras lo hacía, se iban despertando en ella los instintos más bajos que tenía y que, una vez descubiertos, su Señora apreciaba tanto. E imaginando con una sonrisa lo que le depararía al llegar a casa, la dependienta pisó la calle sin apenas poder ocultar a la puta que llevaba debajo del abrigo.
--descalza--
viernes, 4 de marzo de 2011
Carnaval
Se acerca el día de carnaval. Y yo ya tengo mi disfraz preparado.
Me pondré unos zapatos de tacón, tan altos, que me lleven hasta donde desee mi Dueño.
A continuación buscaré unas medias, que dirijan su mirada hasta que pueda perderse entre mis (sus) piernas.
Pero se encontrará antes con una falda, en un intento de barrera inútil a atravesar, recondándole que aunque siempre soy suya, no por ello dejará de haber lucha.
Así que seguramente pase, por el momento, de largo y adivinará mi cintura, mi interior y mi pecho aprisionados por el corset en el que Él me ha ido metiendo, y que continua apretando suavemente, pero sin descanso.
Pasará por el collar que aprisiona el cuello, ese cuello que a Él le gusta tanto agarrar y para el que no necesita más que sus manos desnudas.
Hasta llegar al rostro, permanente tras una máscara que pretende ocultar a los demás lo que es totalmente visible para mi Dueño.
Y debajo... encontrará a la esclava desnuda, tal cual, sin aditamentos. En mi disfraz se encontrarán disponibles los deseos de saciar su voluntad y, por supuesto, no faltarán las entradas que Él se disponga a utilizar.
Quizá, más tarde, el disfraz termine manchado, arrugado, incluso roto. Quizá después, yo termine limpiando a mi Dueño, con el alma lisa y satisfecha, los dos nuevos.
¡Que viva el carnaval!
martes, 1 de marzo de 2011
La buena educación
Foto: darkmatterzone
Leía hoy en esta entrada, lo que copio y pego a continuación, con permiso de Dominante tímido:
La buena educación... es que tu sumisa te obedezca antes incluso de que pienses tú? ¿Es que adivine tus pensamientos para complacerte, yendo a veces incluso más lejos de lo que tú le hubieras pedido?
¿O es que las veces que la corriges, las veces que la castigas (a veces incluso sin molestarla demasiado -ver foto ilustrativa-), están sirviendo para algo?
¿Cómo educais a vuestras sumisas? ¿Cómo os educan vuestros dominantes?
Así que como me ha parecido interesante la propuesta, tomo el testigo y respondo directamente aquí. Que quede claro que voy a responder desde mi vivencia, desde mi manera de pensar, desde mi perspectiva. Si algo no es acertado... seguro que la corrección llega más tarde o más temprano.
A veces me ha parecido notar cierta sorpresa por parte de mi Dueño, por seguir algo que Él no esperaba que hiciera. Si bien, unas veces partía de Él y alguna otra, la iniciativa era mía. Pero no tengo claro que le gustara siempre que yo tuviera la iniciativa o fuera más lejos de donde Él desea.
Las veces que me corrige y castiga, incluso sin molestarme demasiado, creo que son útiles. En ocasiones, el efecto es inmediato (un buen azote a tiempo... y se quitan las tonterías). Otras veces, antes de que Él me castigue, ya me castigo yo misma, porque sé que le he disgustado. Así que cuando llega el suyo... sólo queda acatar y desear con todas mis fuerzas no repetir el error.
De vez en cuando, le digo que es un Amo duro, porque orden que da, orden que hay acatar inmediatamente, sin rechistar. Y todos sabemos que ciertas órdenes nos parecen imposibles, al menos en un principio. Así que en esos instantes, deseo que me trague la tierra y me pregunto por qué me metería yo en esto. De paso pienso en si existe alguna alternativa para escaparse (normalmente no la encuentro, cachis).
Sin embargo, mi Dueño es una persona comprensiva. En muchas ocasiones valora y comprende mis razones, y levanta la mano en un momento dado. Así que realmente no tengo ninguna queja al respecto. Creo que el respeto, la responsabilidad, la paciencia, el autocontrol, el diálogo, la comprensión, entre otros, son aspectos muy importantes en un Dominante que posee una persona (o más) a su cargo.
Así que no, realmente no es un Amo duro. Simplemente es quien es, y como tal tengo que aceptarlo. Si fuera un Amo 'a la carta'... ¿quién sería el Dominante entonces?
Huellas:
BDSM,
Dominación
sábado, 26 de febrero de 2011
Personas, siempre personas
Foto: indie72 Gente
Me considero afortunada, cuando compruebo que, de momento, no me falta nada.
A veces me pongo a pensar en las personas que conozco, y en el papel que juega cada una de ellas en mi vida.
Y encuentro a personas que me quieren, personas que me dan alegría, personas que me dan seguridad.
Personas que me calman, personas que me mueven.
Personas que me sostienen, personas que también hacen que me tambalee.
Personas que me inspiran temor, y personas que me dan confianza.
Personas que me gustaría conocer más a fondo, y personas que deseo cuanto más lejos, mejor.
Personas que son transparentes, personas que son más opacas.
Personas que me hacen el amor, personas que se quedan en la amistad.
Personas que me ven y personas que me ignoran.
Personas que me aportan, y personas que me dejan indiferente.
Personas que re-descubro, y personas que me descubren.
Personas que siento, y personas que me desconciertan.
Cada una de estas personas (no todas) completan una faceta de mí. Si me moviera en un único ambiente (solo laboral, solo familiar...), creo que siempre me faltaría algo, y quedaría una parte de mí por desarrollar. No lo digo simplemente por la actividad a desempeñar, sino por las personas que conozco en cada uno de estos sitios.
Supongo que es recíproco, y que por eso estas personas también buscan mi compañía. Si no, no habría disfrute, no habría búsqueda.
Siempre son lo más importante, las personas. Estemos en un parque, en el lugar de trabajo, en un chat, en un tren o hablando por teléfono.
Me considero afortunada, cuando compruebo que, de momento, no me falta nada.
Huellas:
vainilleando
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